Carta a la militancia.

2014 / 05 / 31
plaza de mayo

Por Mariana Recalde Cuestas.  Militante del Frente de Secundarios en Rosario, Santa Fe.

A mis compañeros:

Les escribo, porque a veces es mejor escribir que hablar, se permiten más libertades, y hay algunas cosas que quiero decirles.

El 27 de abril pasado se cumplieron dos años desde que me puse por primera vez la remera de La Cámpora, y con la vista hacia atrás, y con el amor inmenso que tengo por esta remera, por nuestras banderas, y también con discusiones, disidencias, transpiración y reclamos en la espalda, entiendo que me sume a militar al peronismo revolucionario por convicción y decisión política. Pero que hubo otro componente decisivo, que son las personas que hacen la realidad concreta de la orga con su praxis día a día, y convivo y comparto esperanzas, criticas, proyectos. Ustedes, compañeros.

Y es por eso que les escribo, sin aspirar a la mayor corrección política, ni para hablarles de rosca, de comunicados, de línea política, sino desde lo que siento y creo.

Yo creo que hacer política, es decir militar, es vivir de acuerdo con lo que uno siente y cree, y es por eso que el amor es tan político como las asambleas, los fierros o las movilizaciones. Por eso no veo contradicción alguna en escribirles a uds, compañeros de militancia, y hablarles de amor. Porque creo que estoy harta de grandes discursos, y prefiero a los hombres y mujeres con los que milito a diario y anuncian con sus propios actos cotidianos, el mundo mejor que proponen. Porque, en definitiva, ¿por qué militamos si no es para que reine en el pueblo el amor y la igualdad? ¿Para qué si no es para que el hombre ya no sea lobo del hombre, sino su hermano? ¿Para qué si no es para que este pedacito de tierra en el universo infinito sea un lugar más hermoso donde vivir esta vida nuestra? ¿Y cómo podríamos si no lo construimos nosotros con nuestra práctica cotidiana, todos los días, en el colegio, en el barrio, en la calle? ¿Cómo podríamos exigir que reine el amor y la igualdad sino nos damos a la tarea concreta e irrenunciable de dar y dejar todo porque así sea? Y que esto no nos convierta en hippie-progresistas, y con la sarasa del amor se intente borrar la dialéctica y la lucha de clases. Pero que no nos movilice el odio por ellos, sino el amor por nuestro pueblo.

Lo que quiero decirles compañeros, es que los grupos económicos, la inservible oligarquía, las clases dominantes, los amigos del Imperio, nos odian, como odian a los negritos que nosotros amamos y somos parte, y sus ganas insolentes de vivir con dignidad. Y no les va a temblar el pulso para cuando tengan la mínima oportunidad en venir por nosotros, en todo lo que fuimos consiguiendo, para recuperar sus privilegios. Y usan todos los medios que están a su alcance, y estos son los momentos decisivos, donde nos jugamos la profundización del proyecto, o la vuelta a los ’90. Y nuestro pueblo no aguanta que peguemos la vuelta, porque el proyecto no es solo relato, discursito lindo, retórica que conmueve: son puestos de laburo, gente que labura y tiene su casa, su comida, se sueña un futuro, los jubilados que saben que pueden vivir con dignidad, el no nos han vencido en la Rosada y los 30 mil que vemos reflejados en cada acto, los pibes que crecen pudiendo ir a la escuela con netbooks que ya no son para unos pocos, y van a estudiar y no porque tengan que desayunar, y miran a Zamba, entendiendo desde pibitos la historia que a nosotros y a nuestros viejos nos ocultaron.

O nos la jugamos ahora, y militamos en serio, dando todo. Nos formamos, y discutimos, y debatimos y organizamos y construimos. O después no nos creamos con el derecho del arrepentimiento tardío, de la critica fácil de todo lo que el otro no hizo sin la autocrítica por la falta de barro en nuestras zapatillas. Porque entonces un pibe cualquiera en el barrio nos va a preguntar qué hacíamos nosotros cuando se definía si subía el agua y nos tapaba, y cuando nos mire con ojos de hambre de comida y de sueños, no vamos a saber cómo responder que Néstor nos devolvió la política a la vida, y la cambiamos por el negocio de una vida sin sobresaltos, y que tuvimos la oportunidad y no hicimos nada.

Cuando elegimos quedarnos durmiendo, o mirando la tele, y elegimos ese placer chiquito y personal antes que aportar a un proyecto colectivo, cuando vence el individualismo, el cansancio. Cuando dejamos que nos vendan el discurso del fin de ciclo, del desánimo de la calle, el discurso que nos hace pensar que nada vale la pena, y nos dicen y repiten que somos los giles que nos jugamos por imposibles en lugar de la sensatez de cerrar con el oportunismo como ideología y la traición como praxis, y cuando ese cansancio nos convence de nuestra impotencia y de que nada en realidad cambia demasiado, y hace que nos olvidemos del agotamiento feliz después de una jornada de militancia, de la alegría de la plaza llena y compañera, de la risa de los pibes en el barrio, de los compañeros desaparecidos que dejaron todo por este proyecto que también militamos, les estamos regalando a esos vendepatria una victoria.

Que no puedan con nosotros.

Que no nos saquen la alegría.

Militemos.

 Esto está ahora y para siempre en nuestras manos.

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